El último accidente.

 

Chiyono fue de un monasterio a otro para tomar “sannyas” y convertirse en monja. Pero aún los grandes maestros la rechazaron porque era demasiado hermosa. Los monjes mirándola se hubieran olvidado de dios y de todo.

Entonces, no encontrando ninguna otra salida ella se quemó la cara, la destruyó por completo. Después llegó a un maestro que no supo decir si ella era hombre o mujer y la aceptó como monja.

Ella estaba completamente preparada. Su búsqueda era auténtica. Era digna del accidente, se lo ganó.

Estudió y meditó durante 30, 40 años, continuamente.

De repente, una noche, ella miraba la luna reflejada en el cubo de agua que estaba llevando. Hasta los reflejos son hermosos, porque reflejan la belleza absoluta. Un buscador auténtico ha conocido mucho gracias al reflejo; lo ha visto tan hermoso, tan lleno de música, que ahora le ha surgido el deseo de conocer la fuente de donde emana el reflejo.

 

 

Mientras Chiyono caminaba, miraba la luna llena reflejada en el cubo de agua. De repente las cuerdas de bambú que sostenían el cubo se rompieron y el cubo se cayó. El agua se derramó, el reflejo de la luna desapareció, y Chiyono se iluminó.

 

Del libro: Ni agua, ni luna.

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